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lunes, 28 de marzo de 2011

La mañana desde dentro.

Por la ventana entra ese resplandor cegador, maravilloso para algunos pero irremediablemente condenador para la gente común y corriente como yo. El sol. Ese esclavizador que con el pretexto de mantenernos vivos nos hace contabilizar los momentos en días y noches y de ahí, al ser el mismo sol lo único que no podemos controlar, provoca despertar el instinto humano de asesinarlo todo, convirtiendo esos días y noches, en horas y minutos.

Mi queja, básicamente se refiere a que una media hora después de que el sol hace su acto omnipotente de presencia, yo, tengo que ir a trabajar. Las rutinas matan. Las rutinas son en definitiva las asesinas del espíritu humano, irónicamente pasamos la vida moderna trabajando en una profesión monótona, vivimos una vida monótona, por ejemplo tener una esposa que será nuestra compañera el resto de nuestras vidas, [o hasta que el divorcio propicie un cambio financiero positivo para alguna de las partes] tenemos hijos y un montón de deudas que nos permitirán una vida tranquila y serena fuera de la monotonía en el lejano futuro del retiro. Esta a su vez se vuelve la peor de las monotonías pues debido a las incapacidades físicas naturales de la edad del retiro, hay muy poco que podemos varias de nuestros días. En otras palabras, vivimos una rutina para al final de nuestras vidas vivir una rutina aún mas estricta.

Una de las rutinas que más odio de mi vida es la faena diaria de mis amaneceres. Me levanto al 15 para las 6 de la mañana, lo cual no necesariamente implica que ya estoy despierto, tomo unos cinco minutos para volver acostúmbrame a la idea de que otro día ha empezado, después mato otro par de minutos revisando las uñas de mis pies a ver si siguen ahí después de todo el día de ayer donde por lo menos recorrí 10 kilómetros entre escaleras y pasillos largos. A la 6 en punto me dirijo a la regadera donde me espera un potente chorro de agua fría cortesía de mi memoria pues olvide pagar, ya desde hace unos meses, el gas. Salgo de la ducha aun más dormido que cuando me fui a dormir anoche y trato inútilmente de tomar la toalla que siempre dejo colgada en la puerta del baño, y digo inútilmente pues recuerdo de pronto que la señora que viene a limpiar tiene la estúpida costumbre de dejar todo en orden, lo cual, desordena mi caos. Pocos segundos después de haberme caído en el closet de blancos buscando una toalla, inicio el martirio de rasurarme casi a obscuras pues mi madre me visitó hace poco y cambio los focos de toda la casa a unos focos ahorradores que apenas me dejan ver formas a quemarropa. Por supuesto casi me desangro como todos los días pues mi pulso nunca ha sido privilegiado y lo es menos cuando la noche anterior he incrementado el nivel de alcohol en mi alcohol.

Salgo finalmente de mi peligrosísimo baño frustrado porque de nuevo perdí mas de 15 minutos tratando de sacar un poco mas de pasta dental de aquel tubo mas que enredado y aplastado.

Mientras trato desesperadamente de meter una mano en mi camisa al tiempo que muevo el sartén para cocer mi huevo probablemente ya podrido, observo que mi pan se quema en el tostador y mi pantalón a media rodilla me impide caminar hacia él.

Una vez que logro aparentar haberme hecho el desayuno, me muevo como ardilla en celo tratando de encontrar mis llaves y mi identificación laboral para después sentarme para tratar de deglutir el patético intento de un desayuno completo al cual jamás he tratado de terminarlo todo. Finalmente tomo una cucharada de huevo tan solo para traer un pésimo sabor de boca todo el día y le doy un par de picotazos con el tenedor a mi tocino quemado. Trato de nuevo, sin resultados exitosos, de sacar el último suspiro de mi pasta dental jurándome que hoy en la tarde compraré una nueva aún sabiendo que no lo haré.

Como cada mañana antes de salir a mi monótona ocupación, irremediablemente cuando abro la puerta el teléfono suena y, al voltear para contestar como cada mañana, mi gato se sale de la casa. Yo maldigo mil veces al inoportuno que cada mañana varia pero siempre llaman cuando abro la puerta de la entrada.

Una vez en mi pobre remedo de automóvil me doy cuenta que no traigo zapatos y tengo que regresar a luchar otros 10 minutos contra mis agujetas las cuales, he descubierto, se atan nudos a propósito pues ni ellas ni yo queremos ir a trabajar. Ya con los protectores de callos puestos, regreso a mi vehículo tan solo para descubrir que mi tanque de gasolina esta a punto de consumir solo aire caliente. Mi chatarra fiel se arrastra entre arrancones y empujones hasta la gasolinera cercana a mi departamento tan solo para que, al evaluarlo, el tipo que me limpia el parabrisas dictamine que mi auto necesita nuevo lubricante y aceite. Mis últimos $300 caen en el nombre de la seguridad en la carretera y mi comida fuera del comedor de empleados se vuelve una utopía lastimera.

Como siempre, voy tarde y aun hay como 10 minutos más de tráfico en el estacionamiento del recinto laboral. Cuando finalmente encuentro un espacio, me doy cuenta de que es el lugar más lejano a las oficinas. Llegando, ni siquiera me preocupo de ver el reloj porque sé que estoy bastante tarde.

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